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Tema: El mundo feliz y la tristeza global

  1. #1
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    26 feb, 18
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    El mundo feliz y la tristeza global

    El mundo feliz y la tristeza global

    Una de las marcas de los nuevos tiempos es lo que el filósofo Ignacio Castro Rey llama “depresión informativa del sujeto”, un concepto que, muy simplificado y traído a los parámetros que a mí me sirven para escribir lo que quiero escribir, viene a ser la sensación de “aturullamiento” intelectual, de “encallamiento” de las ideas, de “estreñimiento” del pensamiento, etcétera, derivaciones todas a las que se ven sometidas las personas ante el incesante y cruento bombardeo mediático de informaciones. Da igual la naturaleza de tales informaciones (porque de hecho, ya estamos capacitados para fluctuar, en décimas de segundo, desde el conocimiento de la nueva novia de cualquier famoso de tres al cuarto hasta el último y demoníaco plan de Kim Jong-un para destruir el mundo, pasando por el consumo rápido de la primera fotografía de un agujero negro), lo que importa aquí es el atracón informativo, indigerible y repugnante, que nos damos cada día. Como si fuéramos turistas desbocados en cualquier self-service de cualquier destino paradisiaco, devoramos toneladas de información, empujados por ese ímpetu tan infantil y de clase media que nos lleva a entregarnos en cuerpo y alma a todo aquello que se nos oferta como gratis.

    Ante esto, nosotros y nosotras, arrojados cada cual a su infernal empacho, quedamos rendidos, aturdidos y muchas veces, inconscientes, ante la experiencia del trastorno. La quiebra psíquica, entonces, nos retrataría como personas bien integradas en eso que llamamos la Sociedad de la Información (y del Espectáculo). En la teoría y sobre el papel, nos sentimos bien porque creemos estar bien informados, pero en la práctica nos resulta imposible asimilar intelectualmente todos los hechos que nos metemos en el cuerpo. Sin darnos cuenta, la brutal ingesta nos ha empujado hacia esta obesidad mórbida, derivada de la acumulación sistemática de grasa, y que ya nos tiene paralizados en cada una de nuestras pantallas.

    Suena a ficción distópica, pero no, somos nosotros y nosotras, aquí y ahora. Reventaríamos de no ser porque la naturaleza ha provisto de orificios a nuestros cuerpos, esa suerte que tenemos; podremos seguir atiborrándonos de todas las mierdas sin el riesgo de implosionar cualquier día. Así que hinchados de ruido hasta la extenuación, con el excedente informativo colgándonos del cuerpo en forma de sebáceos y crasos colgajos, hemos logrado un sistema de comunicación con el mundo reducido a pedos (¡prrrrrrtttt!), eructos (¡eeeeercgk!) y otros conjuntos fonéticos gaseosos propios de las combustiones químicas de nuestras digestiones, que, de tan abrumadoras, nos han terminado por convertir en estos cuerpos invertebrados, de animales que se arrastran, y que no precisan de un lenguaje articulado para verter lo que nosotros y nosotras ya confundimos con opiniones.

    Ventosidades-juicios y flatulencias-sentencias, comunicadas sin filtro alguno, aplicando ese axioma dudoso según el cual creemos saberlo todo una vez estamos convencidos de que estamos informados a la última. Y he aquí donde surge el efecto sabido por todos y por todas, que nos lleva a soportar únicamente los pedos y eructos propios. Los de terceras personas nos parecen asquerosos y nauseabundos, pero, ¡ay, amigos y amigas!, ¿qué me decís de las combustiones gaseosas propias?, ¿quién no se ha tirado un pedo en la cama y se ha metido debajo de las sábanas para olerlo en toda su inmensidad, con deleite, con el placer de saturar la experiencia olfativa con lo que uno mismo es, en el ejercicio embriagador de contaminar el afuera desde nuestros adentros más profundos? Pues lo mismo ocurre ya con eso que creemos que son nuestras opiniones: solamente toleramos las nuestras; el resto son basura.

    De esto a convertirnos en pequeños dictadores media una finísima línea. Suele ser un despotismo que se manifiesta a través de la insaciabilidad de la primera persona del singular, yo. Yo, en un mundo donde todo lo que no soy yo me molesta. Yo, en un mundo donde todo lo que no soy yo, no tengo por menos que odiarlo. Yo me quiero solamente a mí y como única cesión, estimo también, algo, a aquello que se me parece. Todo lo demás sobra, es mierda. Qué molesto es incluso que existan, esos otros, para mí, puesto que en la medida en que no son ni piensan como yo, me agreden. Y es insoportable. Esa diferencia. Esa discrepancia. Esa relación de desigualdad. No tienen ningún derecho a hacerme nada. Y mucho menos a hacerme daño. Yo no les tolero. Sobran. Me molestan. Yo, como mal menor, exijo que se me proteja de ellos. A mí. De esos otros. Que se me proteja de ellos. Violentos. Extraños. Diferentes. Mediocres. Los “túes”. Esa infinidad de ellos.

    Es el horror, en el mundo feliz y en la tristeza global. Es la soledad, en la vida cotidiana y en nuestras pantallas. Es el odio, en las redes sociales y en las tecnologías de la información.

    http://www.revistacactus.com/el-mun...isteza-global/

  2. Los siguientes 2 Usuarios le dieron las Gracias a Seflo por este Post:

    Focuskan (16/04/2018),sagutxo (17/04/2018)

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